Peregrinos literarios

El Camino de Santiago ha servido este año como escenario de la ruta literaria que, ya de forma tradicional, sirve para cerrar un año en el que hemos descubierto, en el Club de Lectura de Adultos del Colegio, nuevos autores, historias apasionantes y nostálgicas, vibrantes, melodramáticas y emocionantes. Me atrevería a decir que, casi, como las que pueden ocurrir en el propio camino jacobeo.

Así, como “peregrinos literarios”, el pasado 18 de junio nos dispusimos a recorrer –eso sí, en coche—la etapa Burgos-Castrojeriz, localidad esta última que acogió la última tertulia de nuestro Club sobre el libro de Abel Hernández “Historias de la Alcarama”, un trabajo con el que el autor ha conseguido inmortalizar a su pueblo natal Sarnago, en Soria, hoy abandonado.

El Monasterio de San Antón, a dos kilómetros de Castrojeriz, fue nuestra primera parada. Este edificio, en su día perteneciente a la Orden Cisterciense, asombra al peregrino por su majestuosidad en medio del campo castellano. Aunque parece como surgido de la nada, el edificio se construyó en 1146 por orden del rey castellano Alfonso VII el Emperador, aunque las ruinas actuales son del siglo XIV. Regido por los antonianos, los peregrinos encontraban aquí un lugar de reposo y cuidado, principalmente los que llegaban a estas tierras aquejados del llamado “fuego de San Antón”.

Admirados nos quedamos ante la portada que daba acceso a la iglesia, con sus seis arquivoltas adornadas con estatuas. Y las taus, o cruces en forma de “T”, esculpidas en piedra y que se encuentran por doquier en el Monasterio. La disolución de la orden religiosa que lo sustentaba a finales del siglo XVIII y los efectos de la Ley de Desamortización de Mendizábal en 1835 supusieron su ruina. En la actualidad, el Monasterio acoge un austero albergue de peregrinos, abierto solo en verano.

Castrojeriz

Como si de un viaje en el tiempo se tratara, pasamos el arco del Monasterio –la propia carretera lo atraviesa- y regresamos a nuestros días dispuestos a visitar Castrojeriz. Un kilómetro antes de llegar al pueblo, tomamos un desvío a la izquierda para hacer una breve parada gastronómica y de oración en el Convento de Santa Clara, ejemplo del gótico rural burgalés. Nada más traspasar sus puertas sentimos el silencio, solo interrumpido por el rumor de las ramas de los árboles mecidas por el viento, y una sensación de paz nos invade. De paz y de cierta gula, ya que es imposible visitar este convento sin probar y comprar los tradicionales dulces de las clarisas: “dulces de mazapán”, “angelinas”, “roscos de hojaldre”, “mostachones”, “castreñas”, “turrón de la abuela” y, ¡cómo no!, “puños de San Francisco”, estos últimos típicos de este convento en particular. La repostería y el servicio de lavandería son sus principales fuentes de ingresos.

Pertrechados con nuestros dulces seguimos nuestra ruta hacia Castrojeriz. Desde el propio convento ya se divisa el castillo, más bien sus restos, en lo alto del cerro, y la Iglesia de la Virgen del Manzano nos abre las puertas del pueblo. En ella se alberga actualmente el Museo de Arte Sacro, una visita imprescindible según nos recomienda la coordinadora del Club, Eva Ruiz, cuya infancia “son recuerdos de las calles y los campos de Castrojeriz”.

Una auténtica delicia pasear por las calles empedradas de este pueblo de no más de 800 habitantes, que ha eludido la “amenaza” de la despoblación gracias al Camino de Santiago. Parada y fonda obligada para los peregrinos, el camino jacobeo le ha insuflado vida. Y así se aprecia en el propio pueblo, andando por sus vías empedradas, por su plaza mayor, alargada y no cuadrada, cruzándonos con peregrinos de rostro cansado, pero sonrisa satisfecha por haber coronado, un día más, una etapa del Camino.

Y nosotros, como “peregrinos literarios”, hacemos una primera parada en Iacobus, una antigua casa colonial reconvertida en restaurante y hotel, cuyo mobiliario y decoración nos retrotrae a la época de las colonias españolas –otro pequeño viaje en el tiempo-. Es aquí donde tomamos un refrigerio mientras degustamos unas deliciosas palmeritas de hojaldre y chocolate -¡gracias, Ángel!- y comentamos la última lectura del Club, “Historias de la Alcarama”, la novela escrita por Abel Hernández sobre su pueblo abandonado. Nuestro compañero Miguel Ángel del Hoyo ha hecho una magnífica reseña, disponible en el blog de la Biblioteca del Colegio.

En la segunda, nos espera Javier González Castro, que regenta el Albergue Rosalía. Su madre, Rosalía Castro, fue maestra en el pueblo. De una gran sensibilidad, escribió un precioso poemario, del que encontramos un ejemplar en la biblioteca de Quintanalara, en nuestra ruta literaria por las Tierras de Lara. Nuestra visita a Castrojeriz fue la ocasión perfecta para entregar este ejemplar a su hijo, no sin antes recitar, en honor a la autora, alguno de sus poemas.

Tabanera

Con la emoción a flor de piel proseguimos ruta hacia nuestra siguiente y última parada: Tabanera, situado a cinco kilómetros de Castrillo Mota de Judíos y completamente abandonado, más bien derruido. Apenas queda en pie la Iglesia de San Miguel Arcángel, que entró a formar parte de la Lista Roja del Patrimonio Hispania Nostra en julio de 2014. En el pórtico de la iglesia, nuestro compañero Ángel Sebastián da lectura al microrrelato ganador de este año en la categoría de adultos, titulado “Se vende”. En este entorno, el relato de Leonor Sebastián sobre la muerte de los pueblos, cobra vida.

Cuesta pensar, como cuenta Faustino Calderón en su blog sobre los pueblos deshabitados (www.lospueblosdeshabitados.blogspot.com), que a principios del siglo XX esta población tuviera “más de veinte viviendas, escuela, cura residente y luz eléctrica”.  En los años posteriores a la guerra civil ya solo quedaban tres casas.

Situada en la vega del río Odra, Tabanera era zona de buenas tierras –se cultivaba trigo, cebada, legumbre, viñas y patatas— y pastos –ovejas y vacas-. El río, según cuenta Faustino Calderón, abastecía a los vecinos de truchas, anguilas y barbos. Calderón apunta en el blog que “el fallecimiento de los vecinos de avanzada edad, la ausencia de servicios como la luz eléctrica y la mecanización del campo influyeron en la desaparición del pueblo”.

En 1971, la marcha de su último vecino, Amadeo Vicente y su familia, cuya casa en ruinas está anexa a la iglesia, supuso el final definitivo. Como le ocurrió a Sarnago, en la sierra soriana de La Alcarama.

Y con la tristeza anidada en nuestro corazón por el abandono de los pueblos castellanos iniciamos el regreso a Burgos mientras cae la tarde y el sol arranca destellos dorados al campo castellano.

Vicky Rodríguez

Club de lectura de adultos

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