«El tren de los niños», de Viola Ardore
No pude resistir la tentación y tuve que ir a averiguar si esa historia existió. Y existió, pero en parte. El tren fue real. La historia que se narra quizás sí y quizás no. Es decir, hubo una iniciativa por parte del Partido Comunista italiano para intentar que los niños del sur de Italia no sufran tanto la miseria en la que están y puedan ir al norte, donde les cuidarán de forma temporal.
La manera de narrar la pobreza y las situaciones sociales me llevaron a pensar también en la posguerra española. Solo que tengo la sensación de que lo que allí se trata de Nápoles, en España era todo el país.
El tono de la novela es en primera persona, lo que te hace empatizar con el narrador que, de una manera un tanto ingenua te va descubriendo las vivencias y cómo sufre su entorno familiar y la extrema pobreza en la que vive, de la que no es del todo consciente, excepto por la fijación por los zapatos, hasta que llega al norte y a la familia con la que convive.
Otro hecho que tiene traumatizado desde el inicio de la novela al niño, además de los zapatos, es la falta de un padre que, en cierto modo, sublima en la familia con la que está en Milán.
Y si bien, mientras que al llegar el niño tiene una vivencia como de algo natural y normal lo que pasa, es el comportamiento de una de sus “niñas-amigas-vecinas” (hija de uno de los prebostes) de Nápoles la que le hace despertarse y sentir como si en realidad él fuese una obra de caridad, cosa que hasta ese momento no se había percatado. Y la autora sabe trasladar esa vivencia bastante bien en la novela.
La vivencia del contraste entre el cálido amor de la familia de Milán y la aspereza de su madre en Nápoles es lo que le hace querer desvincularse de ella y posteriormente querer volver a unirse.
Esta aspereza de la madre es un punto interesante a analizar, puesto que es decisión de la propia madre el enviarlo al norte para ver si encuentra por el momento un posible futuro o una mejor vivencia. Y te hace plantearte hasta qué punto estaba intentando la madre que el hijo realmente se quedase allí, en el norte, para poder tener un futuro que allí, en el sur, no tenía claro.
Y a lo largo de la novela se van dando algunos giros que tampoco es cuestión de andar destripando. Pero al final acaba resultando una novela muy amena de leer. Con una narración ligeramente tramposa que puede caer en algún momento en el sentimentalismo y que, por otra parte, sabe narrar la dureza de la posguerra sin caer en el tremendismo que se dio en España, nos muestra las diferencias notablemente claras entre un sur tremendamente pobre y un norte rico para el que la guerra parecía un mal recuerdo.
Miguel Ángel del Hoyo

