“Matar a un ruiseñor”, de Harper Lee

Siempre había tenido dudas de a qué se refería con ese nombre. Desde pequeño había visto el título de la película y no terminaba de entender el sentido más allá de la propia salvajada que podría suponer. Desconocía, por otra parte, que se basaba en una novela. Simplemente me retrotraía a un recuerdo de la infancia, en la que había conseguido atrapar a un ave (creo que un petirrojo) y lo había guardado en una especie de jaula, para poder admirarlo. Pero para mi pesar, al cabo de un par de días había fallecido.

Por tanto, siempre lo leía desde la perspectiva que me daba ese recuerdo y no sabía muy bien cómo interpretarlo. Hasta que ya leyendo el libro, me quedó claro (la película sigo sin haberla visto). Y ya entiendo el significado. No hay nada más malvado que matar a un ruiseñor por el placer de hacerlo. No hace mal alguno sino alegrar el día con los trinos.

La historia gira en torno al despertar a la vida de la hija pequeña de un abogado en un pueblo escondido en el Sur profundo. La ubicación de esta ciudad también no deja de tener su gracia o su sentido. A fin de cuentas habla de ella como de una ciudad alejada de cualquier tipo de influencia. Y si bien la novela tiene como principal foco mostrar una visión acerca del racismo en aquellos años, por otra parte no deja de ser un magnífico microcosmos en el que estudiar cómo se van generando las castas en una sociedad pequeña. Dicho de otro modo, si bien la sociedad decía ser igualitaria, no deja de reflejarse un cierto símbolo de status en función del apellido y supuestamente la mayor o menos antigüedad de dicho apellido en esa tierra. Eso hace que, además, el ejemplo de éxito o fracaso de alguien no esté tan vinculado a sus propios méritos como al apellido que tiene. Y es en virtud de ese apellido que adquiere las virtudes o defectos inherentemente. Y de hecho, en el relato aparecen una serie de personas, asociadas a un determinado apellido, en el que se denotan las castas/familias. Y, a mayor grado de fracaso, mayor envilecimiento de la persona, que queda bien marcado en el caso del apellido Ewell, cuyo cabeza de familia comete dos actos sumamente rastreros, por un lado acusa de violación al personaje secundario de la obra y por otro ataca a los hijos (niños al fin y al cabo) de la persona que le puso en evidencia. Con nocturnidad y alevosía, que se decía antes.

Pero en esa escala social que está aprendiendo la protagonista, de repente algo estalla. En el último peldaño y por debajo de los Ewell, están los negros. Por definición de lo que es ese sistema de castas deberían aparecer como personas mezquinas y miserables, indistinguibles entre sí en contraposición a los blancos. Pero no es así. De repente el personaje de Tom Robinson es un modelo de bondad e ingenuidad, que no termina de cuadrar con el modelo de clases sociales, siempre predispuesto a trabajar y ayudar. Y de repente este “ruiseñor” acaba siendo juzgado y condenado por un sistema anclado en sus propios prejuicios. De hecho da la sensación, aunque queda más claro con la actuación y las opiniones de Atticus, pero también de otros secundarios, como era de esperar que Tom Robinson fuese condenado pero, por otra parte, liberado por el Tribunal Supremo. Desde el Sur tienen la sensación de que el Norte actuará de manera más honesta pero aún así les siguen criticando su hipocresía. A fin de cuentas los del Norte tampoco quieren a los negros sentados a su mesa, tal como reflejan en sus comentarios en las reuniones de café que prepara Alexandra, hermana de Atticus y tía de Scout y Jem.

El personaje de Alexandra es también el que intenta “encauzar” a los niños en lo que se debe esperar de ellos y la que intenta mostrar cómo se debe actuar socialmente; aquí entonces intenta mostrar a la niña que “debe ser un rayo de sol”. Es decir, que lleve la alegría o algo así a su padre (no queda claro). ¿Y algo más? ¿O queda todo reducido a llevar falda y servir el té mientras se lanzan indirectas (o no tan indirectas)?

En resumen, el dibujo social que queda definido de la América en la Gran Depresión es de un sistema de castas basadas en la antigüedad del apellido y de sus virtudes y defectos, que se traslucen de manera indirecta en cómo te va en la vida. A ello se añade un sistema de patriarcado, con la mujer en un papel de mero acompañamiento. Y con unos prejuicios raciales bien marcados, en los que, como dice uno  de los personajes “si tienes una gota de sangre negra te tratan como a un negro”. Pero este racismo queda desdibujado de nuevo en la figura de Atticus y el apoyo y confianza que tiene en Calpurnia. Pero no sólo él. También está el personaje que apoya a la viuda de Tom Robinson frente a la persecución sufrida por Ewell. Y de otros más que van surgiendo por comentarios. ¿Está la escritora intentando transmitir el peligro que supone la horda frente al individuo? ¿El individuo como ser racional y la turba como grupo emocional y a veces sin frenos?

Por último y como detalle anecdótico pero que termina de redondear la obra es la figura de Boo Radley. De cómo los críos, tirando de imaginación y a falta de nada más con lo que entretenerse, se imaginan quién debe vivir encerrado en la casa. Y cómo él intenta acercarse a ellos de manera curiosa y manteniendo siempre la distancia. Al final y como compendio, gracias a su participación se intuye que acaban salvando la vida.

Lo fantástico de todo es que si bien la escritora es adulta, ha sabido en gran modo captar cómo sería la visión de una niña pequeña. Ofreciendo todos los temas desde un punto de vista que si bien es ciertamente maniqueo, en blanco y negro, permite también que el lector se identifique rápidamente. Esto también tiene una parte tramposa, porque es difícil no identificarse con eso que se portan correctamente pero, ¿hasta qué punto cuando las cosas no son tan blanco y negro sino grises, es fácil identificar la postura correcta?

Miguel Ángel del Hoyo

Club de lectura de adultos

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