“El cazador de estilemas”, de Álex Grijelmo

Me había dejado con la duda. No sabía muy bien dónde ubicarla. Y ahora paso a explicar el porqué.

Antes de nada, no puedo negar que algunos de los personajes que iban apareciendo por la obra me iban recordando a personajes de actualidad. Supongo que al ser el autor un periodista no habrá esquivado la tentación, tan golosa, de tomar apuntes del natural para ir diseñando sus personajes. En ese sentido, no pude dejar de pensar en el comisario Villarejo al leer al comisario Contreras y su costumbre de grabar sus encuentros. Tampoco pude evitar acordarme de la hija de Amancio Ortega al leer que Esther Jiménez era aficionada a la hípica. Y bueno, como detalle anecdótico, creo que algún contacto del clan de Ortega con Villarejo ya lo ha habido… Y eso por no hablar de los mineros “comprados” con cuentas en Suiza, y que después menciona explícitamente en qué se basó puesto que los incorpora, como el caso de Fernández Villa.

Lo que sí me llama la atención es el concepto de estilema como herramienta para “detectar” sospechosos. Porque de la lectura se pueden deducir dos ideas. Por un lado, ¿no está dicho concepto muy relacionado con el latiguillo? Por otra parte, ¿hasta qué punto se puede diferenciar de lo que se conoce también como tener una voz propia? ¿Hasta qué punto son dejes de la tierra o reglas ortográficas y no una forma de expresarse adquirida además por lo leído, etc.? Es decir, hasta ahora siempre me ha parecido que la gente al redactar suele tener un estilo bastante “artificial” y que lo que escriben suena diferente a cómo lo dirían en voz alta, pareciendo por tanto, que el texto escrito utiliza de unas normas que acaban haciendo que muchas formas de expresarse se parezcan entre sí. O al menos en el lenguaje más formal.

Uno de los puntos que más me llamaron la atención al poco de empezar a leer fue lo puntilloso que parece el autor (¿o el narrador?) con el tema de la licencia y el embuste al hablar de la agonía y de la licencia en los relatos.

Este punto no me parece menor y sí que es cierto que si bien es lógico que un autor se permita ciertas licencias a la hora de narrar una historia, no lo es menos que si no se controla, la historia puede perder verosimilitud sin que necesariamente lo que se narra tenga que ser veraz. Y esta pérdida de la verosimilitud puede hacer que el lector se quede observando la obra desde una cierta lejanía. Y aquí paso a mencionar algunos puntos que no me terminan de cuadrar:

  • ¿El tercio de libre disposición en la herencia llega a suponer el 75% de las acciones de la compañía?
  • ¿Cómo puede aceptar alguien con el 75% de las acciones aceptar que el Consejo de Administración de una compañía le destituya?
  • Puede, por tanto, que los dos puntos anteriores sean veraces pero no me resultan verosímiles.

Me pareció, por otra parte, curioso el uso del usted (que prácticamente ya no se hace) y después pasa al tuteo cuando Eulogio Pulido confiesa cómo Soraya le estafó. Curiosa complicidad de víctimas, supongo. Pero con el periodista mantiene el tuteo. Supongo que es por conocimiento personal previo. Lo cual es un detalle de la redacción en la obra. Porque si bien hasta ahora lo habitual era encontrarse con un narrador único, aquí no lo hay. O sí pero solapado. Las voces que narran son las de los protagonistas en momentos determinados, lo que hace pensar en la obra como en un ejercicio previo de un periodista recopilando información. Esto, en un primer momento, me hizo recordar a Faulkner en El ruido y la furia y cómo los capítulos los “redactaban” diferentes personajes. En este caso supongo que el periodista hace las funciones de “homogeneización”, por llamarlo de alguna manera.

A lo largo de la novela el periodista menciona el hecho de que le parece inaudito que alguien que se defina de izquierdas pueda ser corrupto. Esto no deja de tener su gracia. Lo que siempre se ha mencionado con cierto retintín como superioridad moral de la izquierda queda reflejada en esa idea, puesto que llega a suponer que aquellos que se definen de izquierdas sustituyen la religión por la ideología. Aquí esto me recuerda la frase de Chesterton de que cuando se deja de creer en Dios se empieza a creer en cualquier cosa.

De todos modos, este reemplazo de la religión por la ideología puede también suponer un peligro a largo plazo. La convicción de que ser de izquierdas deja de ser una visión de cómo gestionar una sociedad a ser una compilación de preceptos morales hace que muchos de sus puntos no puedan ser debatibles.

Y, por otra parte, de repente el protagonista hace una pirueta espectacular y se declara fan del concepto “justiciero privado” como recurso para llegar donde la legalidad no puede. Lo cual hace que uno sienta un rasgo de ternura hacia el personaje que de esa forma y bajo esa fachada de moral impoluta demuestra que hay un humano con sus imperfecciones morales y un resumen del tipo “estos son mis principios pero ellos no me dan de comer y yo tengo que ganarme las lentejas”.

En conclusión, me parece que el libro lo ha realizado más como un divertimento, un ejercicio estilístico, más que como un caso de novela negra. De hecho, el estilo de redacción, un tanto ligero, me hizo recordar a Eduardo Mendoza y su detective sin nombre de la saga que empezó con “El laberinto de las aceitunas”. Pero mientras que en las obras de Mendoza el tono paródico es bastante obvio, aquí no está tan claro. Hasta que, claro, llegas al final y te das de bruces con el hecho de que Soraya, sin tener ni idea de lo que es un estilema ni nada por el estilo, acaba denunciando al protagonista al reconocer su estilo en el anónimo.

En una conversación posterior con el autor en la presentación de su libro, ya indicó que en realidad lo que intentaba trasladar con la novela es el hecho de que desde diferentes ámbitos se cae en el error de juzgar algo sin tener todos los elementos de información. Y que, de hecho, en ningún momento quiso dar la impresión de que los protagonistas fuesen unos expertos en la materia de la que trata la novela. Esto, por tanto, ya me cambia la manera de ver la novela. Y me permite alejarme de los esquemas que podía esperar de lo que es la clásica novela negra y en cambio me los acerca al tono relajado y/o divertido de Mendoza pero añadiendo un punto no menos importante y es la tentación (innata, por otra parte) de prejuzgar los hechos sin tener toda la información disponible. Lo cual actualmente empieza a ser un problema que da origen, también aunque no solamente, a las fake news gracias a la viralidad de las redes sociales.

Por último pero no por ello menos importante, ¿alguien sabe lo que es un repunicio?

Miguel Ángel del Hoyo

Club de lectura de adultos

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