HOMENAJE A MANUEL ANDRÉS POR SU JUBILACIÓN

 

LA ALEGRÍA DE ENSEÑAR

 

 

Enseñar no es sino un ejercicio de inmortalidad. De alguna forma seguimos viviendo en aquellos cuyos ojos aprendieron a ver el mundo a través de la magia de nuestras palabras…” (Rubém Alves)

 

 

Estos días, al releer el ensayo de este filósofo brasileño, me he acordado nuevamente de ti, Manolo, afable compañero, maestro indiscutible, ser humano ejemplar. Y por pensar, hasta me ha dado por pensar que, efectivamente, tras veinte años de docencia, veo el mundo de la educación a través de la magia de tus palabras, de la agilidad de tus pensamientos y de la generosidad de tus manos; me ha dado por repetir, ya ves, con la quejumbrosa melancolía que provocan las despedidas, esa tonta cantinela tan nuestra, tan de los docentes, de que solo podemos entender la tarea de los educadores, si con ello damos a nuestros alumnos las razones suficientes para vivir y madurar.

 

Y eso es lo que tú has hecho con todos nosotros, Manolo, tanto con tus alumnos como con tus compañeros, darnos motivos suficientes para seguir adelante, aun cuando en muchos momentos hayamos sentido la apremiante tentación de tirar la toalla; darnos ejemplo de certera sabiduría y humildad apabullante, de humanidad infinita, de valentía y fortaleza, de saber hacer y saber estar… pero siempre desde la discreta postura del gran maestro que siembra y pacientemente espera a recoger su cosecha. ¡Tu cosecha es, pues, fecunda porque has sembrado mucho y bien, amigo!

 

Pero ya ves, ahora que el tiempo pasa inexorable (casi cruel y despiadado, me atrevería a decir) nos toca despedirte. El gen egoísta que todos llevamos dentro se reniega y protesta porque, como diría el poeta… “es tan corto el amor y tan largo el olvido”…

 

Nos va a costar no encontrarnos con tu sonrisa por los pasillos, con tus palabras (siempre acertadas) en la sala de profesores, con tu apoyo incondicional en el departamento de Lengua e Idiomas… nos va a costar no envolvernos a diario con tu alegría de enseñar, tan contagiosa.

 

Y aunque nos hayas enseñado a vivir sin ti, querido amigo, deja que, al menos durante una larga temporada, te echemos de menos (“mi alma no se contenta con haberte perdido”).

 

Sé de sobra que, disfrutando del tan merecido descanso de la jubilación y al lado de los tuyos, soñarás al alba con que la magia que has esparcido entre nosotros lleve siempre tu cadencia.

 

 

Aunque esta sea una triste despedida…

 

Y estos sean los últimos versos que te escribo”

 

Rosa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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