Refugiarse en la lectura

Tiempo de confinamiento, el mundo limitado por cuatro paredes. Momento para echar de menos, para imaginar pegados al cristal de la ventana, para convertir el salón en gimnasio o la cocina en restaurante. También para ordenar la biblioteca. Los libros, apilados por el suelo, la mesa, las sillas, aun cerrados, gritan mensajes. Basta abrirlos para que las historias salgan volando. Ana Frank o Primo Levi me recuerdan qué es sufrir; Tesson, Thoreau o Crusoe, el vivir en soledad; si quiero reír, Mendoza; ¿salir al campo?, Delibes; Thubron o Javier Reverte si me apetece viajar; ¿entender al ser humano? Saramago, Zweig, Marai; si magia, García Márquez; si quiero relato breve, Borges, Chejov, Maupassant, Hemingway, Poe, Monterroso, Monzó, Capote o Millás.

Llega la hora del aplauso, y después la de cenar. A la vuelta, siento que ha sido la biblioteca la que, en cierto modo, me ha ordenado. Me siento, tomo el mando y enciendo un libro. Herman Melville, Ismael, Ahab… da igual la talla del monstruo, el mensaje es el mismo: perseverar.

Jesús García García

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