Latín Lovers, de Emilio del Río

No sé si al resto les ha ocurrido, pero uno de los regalos que tuve al hacer la 1ª Comunión fue un diccionario. Uno grande, gigantesco para mí. Una edición del Diccionario Anaya de la Lengua para estudiantes presentada por Don Fernando Lázaro Carreter. Todavía lo conservo.

Creo que ese regalo me dejó descolocado. Estaba yo tan flipado por otros regalos que no le presté mucha atención. Ya después, y a causa de la curiosidad, empecé a hojearlo. Descubrí que, además del significado, también venía el origen de la palabra, la etimología. Esto me llevó, vencido por la curiosidad, a leer de dónde provenía cada palabra. Empecé a sentirme fascinado. A descubrir que las palabras tenían un origen y que muchas veces su construcción explicaba su significado. Desde entonces he sentido siempre una especial fascinación por conocer el origen de cada término. Y sigo con ello.

El libro, como tal, entiendo que viene a ser una recopilación de la sección del autor en el programa de radio. Es una especie de moda, publicar libros de secciones de un programa de radio, como Buenafuente, cuando sacaba los libros correspondientes a sus monólogos y a fin de cuentas no deja de ser una adaptación de las recopilaciones de las columnas de opinión de los escritores en los periódicos.

Por tanto no es una novela, ni un ensayo al uso. No tiene principio ni fin. Es un libro con dos pretensiones, por un lado entretener y por otro enseñar o culturizar al lector. No tiene vocación de libro para eruditos pero sí de libro para amantes de las palabras.

Curiosamente y relacionado con lo anterior hace tiempo leí un vocablo que me subyugó. Era “letraherido”. Lo leí en una novela de Luis Antonio de Villena llamada “El fin de los palacios de invierno”. La interpretación que saqué de dicha palabra era como la de alguien que necesita de la escritura para expresarse. Pensé que era una invención suya y me pareció magnífica. Tiempo después me caí del guindo y descubrí que la realidad era mucho más prosaica. Un letraherido es alguien que es “aficionado a las letras o a la lectura”. Y además es un calco de un catalanismo, que es lletraferit. Propuesta: ¿Y si el Club de Lectura pasase a llamarse Club de los Letraheridos? Ahí lo dejo…

Y entrando en diferentes conceptos del libro, hay uno que ha llamado poderosamente mi atención. Es: «Beati Hispani quibus bibere uiuere est”. Vivir es beber o beber es vivir. Creo que se toma el sentido de festejo. Y esto es algo que perdura en el tiempo en nuestra sociedad. Por ejemplo en los foros relacionados con ello en Quora siempre se habla del festejo y la confraternización, es decir, la vida social como algo consustancial al español. Un punto interesante es la explicación de cómo llega la palabra al idioma. Me ha venido sobre todo al leer el origen de máscara. Cómo viene desde otros y se acaba adaptando. Entiendo las pegas que se hacen al incorporarse anglicismos pero muchas veces hay que asumir que nuestro idioma tiene una explicación para un concepto pero no una palabra que lo defina en su amplitud. Por ejemplo: marketing. Siempre se ha dicho que la traducción debería ser “comercialización”, puesto que market es mercado. La traducción es literal pero no es exacta. Por eso al final triunfan determinadas palabras traducidas y en otras no terminan de aceptarse y nos quedamos con el original. Y lo que ahora denostamos es lo que antiguamente aplaudíamos cuando nos decían que nuestro lenguaje se incorporaba a otros territorios. Por tanto y al ser el idioma una herramienta “viva” no debemos negarnos a las incorporaciones a nuestro idioma de otras palabras. Rabiemos nosotros porque no somos los que las creamos sino que otros países que están en vanguardia crean las palabras para explicar una realidad que nosotros antes no contemplábamos. El proteccionismo a ultranza es estéril y mortífero para quien lo practica.

Miguel Ángel del Hoyo

Club de Lectura de Adultos

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