Fahrenheit 451, de Ray Bradbury (adaptado a cómic por Tim Hamilton)

Ya la propia introducción explica cómo surge la obra gracias a un encuentro, fortuito o no, con la policía. Curiosamente es coetáneo de otra obra cumbre como es 1984. La amenaza de los Estados represivos y totalitarios estaba ahí.

Para mí este es el primer contacto que tengo con la novela, por lo que no voy a valorar tanto la adaptación al cómic como tal sino en realidad la propia novela en versión cómic.

La obra gira en torno al encuentro de Montag y Clarisse McClellan y las consecuencias que conlleva. Curioso por tanto el contraste del vestido blanco de Clarisse (con toda la carga simbólica de pureza que puede conllevar) frente al negro de Montag. Es obvio, por tanto, reconocer que el uso de los colores es un recurso necesario del dibujante para comunicar.

Clarisse, con su ingenuidad, es la que le hace a Montag empezar a cavilar.

                        ¿Eres feliz?

                        ¿Si soy qué?

A partir de ahí Montag empieza a cuestionarse todo, empezando por su propio trabajo. O lo que pasa con su mujer y su intento de suicidio que ella se empeña en negar. ¿Por qué? ¿Acaso el Estado, que es el encargado del procurarles la felicidad, no lo está haciendo bien? Este comportamiento (el del Estado prohibiendo leer), no sé muy bien por qué, me ha recordado el papel de Jorge de Burgos, el asesino de la abadía en El nombre de la rosa, y su perenne vigilancia de que nadie leyese el segundo libro de la Poética de Aristóteles.

Aquí se abre un interesante debate. ¿Hasta qué punto está autorizado nadie a decir lo que se debe o no leer? A lo largo de la Historia comprobamos cómo siempre hay gente que se cree autorizada para decir a los demás lo que deben pensar, decir y/o hacer. La conclusión que extraemos es que siempre va a haber gente que se rebele contra esa imposición.

Pero retomando el hilo anterior, ¿por qué no funciona el Estado como proveedor de felicidad? Porque es algo interno muestro. Y los libros muestran diferentes versiones. Diferentes preguntas que la Humanidad se ha ido haciendo y cómo las ha ido resolviendo.

Los libros, por tanto, aquí funcionan como una manera de hacer corpórea la necesidad del ser humano de encontrarle sentido a la vida.  Y también como una demostración de que nuestra felicidad está en nosotros mismos y no en cualquier cosa ajena a nosotros que diga que nos la va a proporcionar.

De ahí que uno de los mensajes que yo extraigo del libro es una crítica a la sociedad consumista. Parto del hecho de que la crítica a las sociedades totalitarias, aquellas que nos dicen lo que debemos pensar, hacer, decir, está ahí. Pero también es una crítica a aquellas sociedades en las que se plantea que la felicidad está en algo ajeno a nosotros mismos. Que es la clave del consumismo, por cierto. Lo curioso es que la obra fue escrita a mediados del siglo XX, cuando el consumismo no era tan relevante en la actualidad como ahora, si bien es cierto que en la sociedad estadounidense, país de origen del autor, el lema “tanto tienes, tanto vales” es real.

Y otro análisis posible es el que parte de la capacidad de decir a los demás lo que deben hacer. Tiene que ser cada uno el que acabe descubriendo su propio camino.

¿El mensaje está en los dedos del escritor? ¿O en los ojos del lector?

P.S.: Me gustaría comentar el término bombero. En inglés es fireman, es decir, hombre-fuego. Es este un pequeño detalle que nos hace entender mejor el término que en español. Es decir, en inglés es el hombre del fuego.

Miguel Ángel del Hoyo

Club de lectura de adultos

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