«La Bruja Leopoldina y otras historias reales», de Miguel Delibes

Siempre había pensado en Delibes como el perfecto ejemplo de escritor castellano. Pero el caso es que su apellido no lo conseguía ubicar yo con Castilla. Y, por otra parte, me había topado yo con un autor de música con ese mismo apellido, que era Delibes, Leo Delibes. Me dejó desconcertado. Pero al empezar a leer el libro encontré la respuesta. Su apellido es de origen francés. Y ya para acabar de rizar el rizo acabé enterándome de que estaba emparentado con el autor francés. Quizás la vena artística le venía ya de familia.

El libro vienen a ser una suerte de recuerdos de aquellas aficiones en torno a las que ha girado su vida, que es fundamentalmente los deportes y la naturaleza. Pero más que deportista yo le veo como observador. Para él lo que realmente le atrapa es observar. O quizás es la consecuencia de su oficio periodístico o bien es periodista como consecuencia de su pasión por observar. Pero esta pasión por observar no le lleva a desmenuzar sus pensamientos una y otra vez dando vueltas a la misma idea y observándola desde diferentes prismas, sino que lo narra todo tal cual. Tiene una escritura limpia y precisa. No hay ornamentos. No sobra una palabra. Su estilo roza casi con el laconismo. Pero tampoco falta ninguna. Como he dicho antes, decía que me parecía el perfecto ejemplo de escritor castellano.

Pero esta vocación observadora y reflexiva al mismo tiempo deja traslucir una sensación de que cualquier tiempo pasado fue mejor. No sé si como consecuencia de que está basado en recuerdos y los años dan una pátina de melancolía a lo vivido. O si es consecuencia de que no cree en el progreso y/o en el hombre como tal.

A raíz de este probable escepticismo por el hombre y sabiendo las críticas que pudo tener en su momento, empiezo a rememorar el libro de El hereje y para mí empieza a tomar una nueva relectura del mismo.

A la hora de hablar de su pasado, e ir haciéndolo por sus principales aficiones, en todos los capítulos parece que hay una “estrella invitada”. Alguien que le acompaña en sus inquietudes y aficiones. Pero curiosamente y como en segundo plano está siempre presente su mujer, aportando una cierta sensatez, un enfoque pragmático y bastante tino es sus apreciaciones. Quizás echo en falta más presencia de ella en todo el libro. Pero no porque piense que en comparación con el resto de personas mencionadas se la mencione poco, que no es así. Sino porque tengo la sensación de que sí que compartía aficiones con él (como cuando habla de los paseos en moto o cuando menciona y habla de la pesca y de las preguntas que ella le dirigía al pescador) y aun así pasa un poco de puntillas sobre todo ello. ¿Puede ser por pudor? O quizás ha querido omitir párrafos, puesto que sí que es cierto que dice que sometió el libro al escrutinio posiblemente “censor” de sus hijos y, por tanto no se sabe si hubo partes omitidas deliberadamente.

De todos modos y si bien, al ser un libro de recuerdos, todo está teñido del manto cálido que proporciona la nostalgia, se nota el trasfondo de la dureza y miseria que suponían aquellos tiempos desde la II República hasta la posguerra. Me parece significativo cómo explica que su padre tenía concesionario de Ford y dirigía la Escuela de Comercio en Valladolid y aún así el dinero no era abundante. O cómo, en un partido de solteros contra casados, alguien recibía un golpe y perdía dientes, y le decían que dejarse de quejarse, cuando ahora hay “ofendidos” por cualquier circunstancia. En fin, otros tiempos, otras vidas.

Miguel Ángel del Hoyo

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: