Visita al Real Monasterio de Nuestra Señora de Fresdelval (Burgos)

A tan solo cinco kilómetros de Burgos, un pequeño valle alberga un auténtico tesoro cuyas piedras han sido testigos excepcionales de la historia de Castilla, allá por el siglo XIV y siguientes, y de nuestro propio país, invasión francesa incluida a raíz de la Guerra de la Independencia, recién comenzado el siglo XIX.  Aunque el origen del Monasterio se remonta a la época del rey godo Recaredo y a una humilde ermita dedicada a la Virgen María.

Poco podíamos imaginar que el angosto y empedrado camino que tomamos una vez dejado el cruce de Sotragero, por la carretera de Santander a mano derecha,  nos llevaría hasta un enclave único en nuestra provincia, y a la vez tan desconocido. Poco imaginamos también que nos sorprendería tanto.

Y sorprendidos nos quedamos los miembros del Club de Lectura cuando llegamos a la portada de la iglesia del Real Monasterio de Nuestra Señora de Fresdelval, la parte mejor conservada de ella. La portada se alza majestuosa entre una vegetación frondosa, que bebe de las numerosas corrientes de agua que inundan el valle. La hiedra recubre parte de los laterales, dándole ese aire de cuento de hadas y haciendo posible que en nuestra imaginación aparezca el apuesto príncipe en busca de la “bella durmiente”.

Pero esta era solo la primera de las sorpresas. Gerardo Sanz-Rubert Ortega, copropietario de Fresdelval junto con sus dos hermanos, nos recibió a la entrada del Monasterio y fue el encargado de enseñarnos, con una sonrisa franca y una amabilidad exquisita, las maravillas y encantos del lugar, que entró a formar parte de su familia cuando su bisabuelo Deogracias Ortega decidió adquirirlo.

Un Real Monasterio

Uno de esos encantos es precisamente el magnífico claustro renacentista con el que te encuentras nada más traspasar la entrada del complejo. El claustro, y una sensación de paz infinita a la que contribuye, sin duda, el sonido del agua y la vegetación que lo circunda.

Comenzamos la visita en la bodega, reconstruida ahora en merendero, donde Gerardo nos relató las vicisitudes vividas por el Monasterio siendo propiedad de los Manrique, primero, y los Padilla, después — los escudos de ambas familias se encuentran por doquier–, para  posteriormente ser objeto de las diferentes desarmortizaciones –las del Trienio Liberal y Mendizábal–, o del expolio de las tropas francesas durante la Guerra de la Independencia y la ya renombrada Batalla de Gamonal.

Así, el Monasterio, que en su día albergó una comunidad de monjes de la Orden de San Jerónimo, pasó por períodos de bonanza y esplendor hasta llegar a los siglos XVII y XVIII cuando comienza su decadencia, que se acentuó en el siglo XIX. Esta decadencia continúa hasta la llegada del artista y pintor alicantino Francisco Jover y Casanova, quien comienza a realizar labores de restauración hasta su muerte. Esta  labor que es continuada por la marquesa de Villanueva y Geltrú, quien convierte a Fresdelval en lugar de reunión de artistas y literatos.

Pero, de todos estos acontecimientos históricos, la huella dejada por Carlos V es, quizá, el más destacado. El impresionante escudo del Emperador que preside el zaguán de entrada da muestra de ello. De hecho, dice la leyenda que por su cabeza pasó la posibilidad de hacer de Fresdelval su lugar de retiro pero que, aconsejado por sus médicos, optó por el Monasterio de Yuste, en Cáceres.

Su hijo, Felipe II, fue asimismo otro de los ilustres visitantes.  Allá por el año 1592 pernoctó en el Monasterio y fue él quien concedió el privilegio de cercar el valle y constituir así un término y señorío propio que, hoy en día, ocupa una extensión de 120 hectáreas.

Y mientras Gerardo va desgranando estos avatares históricos, nosotros vamos recorriendo las diferentes estancias del Monasterio, y admirando las labores de restauración que han llevado a cabo en ellas: el suelo de espiga del zaguán, las caballerizas y sus lucernarios, el desván y sus muebles antiguos,  entre los que nos llamó la atención una incubadora de pollos, el salón-biblioteca, las habitaciones y el frondoso jardín con su estanque del siglo XVI.

Para terminar nuevamente en los soportales del claustro renacentista que, mientras nos despedimos de Gerardo agradeciéndole su amabilidad y atención, nos resguardaron de una furiosa tormenta primaveral.

 

Fuente de información: www.fresdelval.com

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