Nunca te rindas, por Andrés Infante

Habían transcurrido 200 años desde la Caída del Mal. Naldai y su esposa Dethelien vivían en el Bosque Azul de Borind. Dethelien dio a luz a un hijo, Vânator El Cazador. Naldai verdaderamente lo amó, y cuando creció emprendieron juntos un largo viaje, pues querían conocer lugares lejanos y vivir grandes aventuras. Caminaron por tierras salvajes y vastas, vieron criaturas que nadie desde tiempos ya olvidados había visto, cruzaron ríos y montañas, reinos y castillos, y se hicieron cultos y sabios. Largo fue el viaje de Vânator, que tras la inoportuna muerte de Naldai no encontró el camino de vuelta al Bosque Azul. Vânator acabó perdiendo la cabeza y grande fue el tiempo que anduvo errando en reinos lejanos sin destino ni hogar, y se lo llamó Ëramir, El Desamparado. Un día de invierno, pues estos lugares no conocían otra estación, quizás por fortuna o quizás por el destino, Vânator encontró un pequeño Dragón Rojo del Norte de apenas dos años de edad. Entonces, olvidando todas sus penas, lo acogió, cuidó y amó como a un hijo. Él también lo quiso y lo consideraba su padre. El nombre que le dio fue Perso, El Perdido. Pronto esta criatura creció y llevó a Vânator a su casa, y encontró a su madre, y tuvo una vida feliz. Años después el Don de la Muerte acabó con Dethelien, y Vânator la enterró junto a Naldai, y ya no volvió a casa, pero no sintió pena.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: